Las cicatrices
también permanecen.
Las cosas que se dañan, aunque uno intente repararlas, nunca vuelven a ser exactamente iguales. Siempre queda una cicatriz, un recuerdo silencioso del daño que se causó.
Hace unos meses, sin que fuera mi intención, terminé lastimando el corazón de una gran persona, de un gran amigo. De esos que ya casi no existen. De los que están en las buenas, pero sobre todo en las malas.
El daño fue tan grande que, aunque intenté reparar lo que rompí, entendí que hay heridas que no sanan de la manera que uno quisiera.
Muchas veces quise decírselo de frente, en un café, hablando como antes. Lo intenté… pero entendí que quizá, por protección o por cansancio, ese momento nunca va a llegar.
Hoy soy consciente de que nuestra amistad terminó por un error que cometí y cuyo impacto nunca dimensioné realmente.
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